"La idea de que la ciencia sólo concierne a los científicos es tan anticientífica como es antipoético pretender que la poesía sólo concierne a los poetas"

Gabriel García Márquez


viernes, 4 de mayo de 2012

Abre los ojos

Y ahí están todos, felices, con su maldita vida de mentira. ¡Qué alegría todo! ¡Qué despreocupación!

Se engañan, se burlan de los demás, les ridiculizan.

Pero cuando les llega el momento de sufrir, cuando su preciosa y falsa vida les da un palo, de los fuertes, de los que duelen… es entonces cuando buscan a esos estúpidos "que no sabían vivir la vida" y se aferran a ellos como si fueran un chaleco salvavidas en alta mar.

Pues muy bien. Ahí estaremos para ayudarles. Que aunque "no sepamos disfrutar de la vida" tenemos el corazón preparado para lo que venga. 

"Lo que tuviera que llegar, llegaría, y ya habría tiempo de plantarle cara".

Harry Potter

domingo, 22 de abril de 2012

La soledad del poder


Basado en una historia real.


Sí, exacto, a eso se le podría llamar felicidad.

Tumbado (por fin) en la cama, reflexionaba sobre los últimos meses, que habían ido a un ritmo frenético.

30 años recién cumplidos, amigo del Ministro, una carrera profesional corta, pero impecable a sus espaldas… ¡Si es que se lo merecía! Todo lo que estudió en la universidad, las noches sin dormir, las fiestas que se perdió por sacarle un par de felicitaciones al catedrático… 
Todo tuvo su recompensa: los exámenes perfectos, (incluso el Decano le había dado la enhorabuena en una ocasión), los contactos, los contratos laborales que le llovían nada más acabar la carrera…

El rey del mundo. No se arrepentía de nada ¿por qué iba a hacerlo? Gracias a su esfuerzo estaba donde estaba. Recién llegado a Madrid, a una empresa ¡y de jefe! De hecho, habían tenido que quitar a un par de directores para ponerle a él.
No le dio pena, total, no les conocía. Además… ¿qué importaba realmente? En estos tiempos en los que muchas empresas se declaraban en suspensión de pagos, otras tantas se veían obligadas a firmar un ERE porque no se podían permitir tanta plantilla… lo que había que hacer para solucionarlo era pensar en el bien común, y para eso estaba él ahí, para eso le había dicho el ministro que tenían que despedir a Fernández y a… ¿cómo era su nombre?
Bah, ¡qué más daba! Él iba a acabar con la crisis, al menos en su nueva empresa. Se iba a comer el mundo. Entonces seguro que el Ministro estaría tan orgulloso de él que le llevaría a su propio gabinete.

Todo estaba saliendo según lo previsto. Daba una orden, y una decena de personas dejaba lo que estuvieran haciendo para cumplirla. Pedía informes a altas horas de la noche, y se los mandaban. Estaba claro, todos los problemas venían del mismo sitio: falta de autoridad. Lo que hacía falta era lo que él estaba restableciendo allí: una relación jefe-empleado vertical. ¿Qué era eso del grupo, de contrastar opiniones entre todos? Tonterías. ¿Qué iban a saber un puñado de administrativos sobre las decisiones que había que tomar? Con lo que él había estudiado el tema, imposible que supieran más. Y eso del grupo… sólo habría provocado que, en cuanto se descuidara lo más mínimo, ahí los tendría a todos, subiéndose a su chepa.
Él no había venido a Madrid a hacer amigos, había venido a solucionar un problema que el mismísimo Ministro le había encomendado y desde luego que no le iba a decepcionar.

Qué pesado todo el mundo. Su madre llamaba todos los días, ¿no entendía que estaba trabajando? Muchas veces ni se lo cogía, ¿para qué? Siempre lo mismo: “trabajas mucho, deberías salir a conocer gente, ¿no crees que te estás obsesionando?”. Aunque sus respuestas también eran siempre las mismas: “es lo que tengo que hacer, no tengo tiempo, estoy perfectamente”. Lo peor era cuando se ponía a preguntar: “¿y qué tal tus compañeros de trabajo? ¿y tus vecinos? ¿ya tienes algún amigo?”.
¿Qué importaba eso? Esas situaciones le ponían bastante nervioso. ¡Tenía 30 años y parecía que le estaban preguntando que si tenía muchos amiguitos en el cole!

Desde luego que no tenía ningún tiempo de hacer amigos. Salía temprano de casa para irse a trabajar, y estaba allí hasta tarde. Comía rápidamente en su despacho para no perder demasiado tiempo y había prohibido ir a tomar café a media mañana ¡menuda cara tenía la gente! Con la excusita, perdían 40 minutos de trabajo, por lo que decidió que nada de recreos. Con los tiempos que corrían era preciso apretarse el cinturón. Esto suscitó algo de polémica, pero lo acalló rápido. Su poder era cada vez más grande. 
Una vez acabado el trabajo en la oficina, se iba a casa, cenaba cualquier cosa y seguía trabajando. Así que no, se podría decir que no tenía tiempo de conocer gente.

Sí que es verdad que lo habían intentado. Uno de sus primeros días allí, al salir, un grupo de tres chicas y dos chicos se le acercaron, se presentaron y le dijeron que se fuera con ellos a tomar algo. Lo cierto es que ni siquiera recordaba sus nombres. Les soltó una rápida excusa y se fue rápidamente a su casa. No le inspiraban confianza: algo querrían. Había que dejar claro desde el principio quién era el que mandaba allí.
Insistieron otras dos veces más. Ahí ya no fue tan simpático. ¿No habían entendido que realmente no quería ir? Les dejó con la palabra en la boca: “menos fiestas y más trabajar, ¡hay que ver, luego la gente se extraña cuando se ve en el paro!”. Sonrió. Recordaba que en ese momento estuvo a punto de darse la vuelta y pedirles disculpas, no estaban en horario de trabajo y por tanto podían hacer lo que quisieran. Él no era nadie para decir lo que podían o no hacer. Menos mal que al final no lo hizo. Había que mantener la cabeza fría, nunca mostrar debilidad. Así se lo habían enseñado en el master en la London School of Economics.

Sí, mucho mejor así.

Pasaron los meses, y seguía igual. 

La empresa iba cada vez mejor, y se notaba que había habido un cambio de mentalidad en la dirección. Estaba realmente satisfecho con sus aportaciones, de libro, de manual, dignas de un ponente de Harvard.

Aunque una cosa era en casa y otra muy distinta en el trabajo. Ahí sus apariencias eran inmutables. Siempre serio, implacable en sus órdenes, asertivo…
Sin embargo, en casa, tras 7 meses viviendo solo, trabajando casi 18 horas diarias y sin hablar prácticamente con nadie, a veces le entraba una opresión en el pecho que le impedía seguir delante del ordenador. Se tenía que tumbar, respirar hondo y convencerse a sí mismo que era y sería el mejor empresario del país.

Estaba nervioso, y tremendamente furioso consigo mismo. Se había dado cuenta de que las reuniones con el departamento de Recursos Humanos le apetecían ligeramente más que las otras. Descubrió que no le importaba dejar de lado su gran cantidad de obligaciones para estar un rato más en el despacho de la directora. Intentaba quitarse esa idea de la cabeza. La verdad es que nunca antes había sentido nada igual, pero sabía lo que era. Y no le gustaba nada. ¡Él era su jefe! No se podía permitir ese tipo de debilidades. Para compensarlo, descargaba su ira contra el resto de empleados. Sabía que hablaban de él a sus espaldas. No le importaba. Sabían que pendían de un fino hilo, y que cuando él se hartara se irían a la calle. Así que por su propio bien, serían eficientes en su trabajo. Era lo único que les pedía… podrían mostrar algo más de agradecimiento.

Pensó en un par de ocasiones, en invitarla a cenar. Pero no, a pesar de que no quería reconocerlo, no se atrevía. Observaba todas sus idas y venidas, desde la distancia.
Notaba que su carácter se iba haciendo más sociable, hasta que de repente le entraban esos ataques de ansiedad, se cerraba en banda, y se volvía aún más arisco con todos los demás. Cuando pasaba esto, se centraba más en su trabajo, llegando a no dormir durante tres días seguidos. Se volvía mucho más exigente y sabía que en Recursos Humanos recibían quejas sobre él.

Una tarde, vino ella a su despacho: “¿qué está pasando?”, le preguntó. Él no la esperaba, así que se sintió un poco molesto. Le gustaba tener controlado lo que iba a pasar en cada momento.
Sin embargo, ella no entró a sus provocaciones, y le contó calmadamente los problemas que tenían los empleados con él, las bajas por depresión que estaban teniendo sus compañeros y le ofreció su ayuda para integrarse más entre ellos. Le comprendió, le expuso sus problemas en su misma cara. Le conocía más de lo que pensaba. 

Había conseguido lo que nadie había podido nunca: le dejó sin palabras. En ese momento, la quiso más de lo que había querido nunca a nadie. Sintió que se derrumbaban todas las fortificaciones que llevaba construyendo más de la mitad de su vida, que todos sus sentimientos afloraban, y se sintió débil e indefenso ante ella.

Se agobiaba, una vez más. Ese no era su cometido aquí, su obligación era sacar la empresa adelante, ser alguien en el mundo de los negocios, ganarse el favor del Ministro que había confiado en él.

Cuando ella se fue, estaba mareado. Tendría que tomarse la noche libre para poner en orden todos sus pensamientos.
Ya era tarde, recogería y se iría para casa. Dejaba el coche en el garaje, iría andando, para pensar. Se lo podía permitir, por un día.

Sólo quedaba él en la oficina. Y el pobre guardia de seguridad, que desde que había llegado él hacía innumerables horas extras. Pobre hombre, le daría las gracias.
Ese pensamiento le sorprendió. Quizás se podía ser igual de buen empresario siendo un poco más amable y educado, ¿no?
Exacto, eso era. Intentaría ser mejor persona.

Por ella.

Pasó al lado de la ventana para coger la chaqueta y marcharse. Había mucho sobre lo que pensar ¡iba a empezar una nueva vida! Algo le hizo detenerse: la vio.
La vio esperando en medio de la plaza, y se decidió a invitarla a algo. Ese día sí.

De repente, un chico despeinado se le acercó por detrás y la sorprendió. Ambos empezaron a reír. Él la dio un beso y se fueron juntos, de la mano.

Sintió cómo la furia se apoderaba de él, y dio una fuerte patada a la puerta de su despacho. Era de cristal: se hizo añicos. Alarmado, el guardia de seguridad acudió corriendo, e intentó saber qué pasaba. Fuera de sí, le gritó que se fuera, que se fuera de allí si no quería tener problemas muy serios. Asustado, el guardia se fue, y llamó a la Policía.

Cuando llegaron, ya era demasiado tarde. Se había dado cuenta de que no podía tener a la única persona que le hacía tener motivos para ser mejor. Se había dado cuenta de que se había quedado solo.



Solo.


jueves, 22 de marzo de 2012

"Americanos, vienen a España guapos y sanos…"

- Y usted les hablará del comercio, de la ganadería, de la industria…
- ¿De qué industria?
- ¡Ah, es igual! Ellos sólo saben inglés, no le entenderán.

Bienvenido Mr. Marshall, Luis García Berlanga

viernes, 16 de marzo de 2012

On being nineteen (and a few other things)


   In 1967, I didn’t have any idea what my kind of story might be, but that didn’t matter; I felt positive I’d know it when it passed me on the street. I was nineteen and arrogant. Certainly arrogant enough to feel I could wait a little while on my muse and my masterpiece (as I was sure it would be). At nineteen, it seems to me, one has a right to be arrogant; time has usually not begun its stealthy and rotten subtractions. It takes away your hair and your jump-shot, according to a popular country song, but in truth it takes away a lot more than that. I didn’t know it in 1966 and ‘67, and if I had, I wouldn’t have cared. I could imagine—barely—being forty, but fifty? No. Sixty? Never! Sixty was out of the question. And at nineteen, that’s just the way to be. Nineteen is the age where you say Look out, world, I’m smokin’ TNT and I’m drinkin’ dynamite, so if you know what’s good for ya, get out of my way—here comes Stevie.

   Nineteen’s a selfish age and finds one’s cares tightly circumscribed. I had a lot of reach, and I cared about that. I had a lot of ambition, and I cared about that. I had a typewriter that I carried from one shithole apartment to the next, always with a deck of smokes in my pocket and a smile on my face. The compromises of middle age were distant, the insults of old age over the horizon. I felt endlessly powerful and endlessly optimistic; my pockets were empty, but my head was full of things I wanted to say and my heart was full of stories I wanted to tell. Sounds corny now; felt wonderful then. Felt very cool. More than anything else I wanted to get inside my readers’ defenses, wanted to rip them and ravish them and change them forever with nothing but story. And I felt I could do those things. I felt I had been made to do those things.

   How conceited does that sound? A lot or a little? Either way, I don’t apologize. I was nineteen. There was not so much as a strand of gray in my beard. I had three pairs of jeans, one pair of boots, the idea that the world was my oyster, and nothing that happened in the next twenty years proved me wrong. 

   But I still think that’s a pretty fine age. Maybe the best age. You can rock and roll all night, but when the music dies out and the beer wears off, you’re able to think. And dream big dreams. The mean Patrol Boy cuts you down to size eventually, and if you start out small, why, there’s almost nothing left but the cuffs of your pants when he’s done with you. “Got another one!” he shouts, and strides on with his citation book in his hand. So a little arrogance (or even a lot) isn’t such a bad thing, although your mother undoubtedly told you different. Mine did. Pride goeth before a fall, Stephen, she said... and then I found out that eventually you fall down, anyway. Or get pushed into the ditch. At nineteen they can card you in the bars and tell you to get the fuck out, put your sorry act (and sorrier ass) back on the street, but they can’t card you when you sit down to paint a picture, write a poem, or tell a story, by God, and if you reading this happen to be very young, don’t let your elders and supposed betters tell you any different. Sure, you’ve never been to Paris. No, you never ran with the bulls at Pamplona. Yes, you’re a pissant who had no hair in your armpits until three years ago—but so what? If you don’t start out too big for your britches, how are you gonna fill ‘em when you grow up? Let it rip regardless of what anybody tells you, that’s my idea; sit down and smoke that baby.

"On being nineteen (and a few other things)"
Stephen King

domingo, 4 de marzo de 2012

Lo malo que tiene el pasado es que nunca lo puedes negar.

ITALIA
Dedicado a ti, que lo estás leyendo
 y que hiciste posible este viaje. 
Gracias. 

"Lo tengo preparado, tengo las maletas..."

Viernes 4 de marzo de 2011. Tras años esperándolo y después de una semana entera cantando esta canción a cada momento que teníamos, sucedió:

"Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas."


Parece que no hace tanto. ¿Ya ha pasado un año?

"Pasaremos de la mafia, nos bañaremos en la playa..."

Pues sí, ya hace un año que nos fuimos a Italia. Ya hace un año de los viajes en autobús, de las visitas a museos, de las miles de iglesias, de irse de fiesta. 

Es en estos momentos cuando pienso en todas las cosas que han cambiado desde entonces. 
Lo diferentes que eran nuestras vidas en ese mes de marzo que, sin querer, se ha ido quedando atrás, y que por desgracia, nunca volverá. 

A lo largo de nuestras vidas habrá muchos viajes a Italia. Volveremos por nuestra cuenta, quizás algunos de nosotros iremos juntos... pero nunca, nunca volverá esa semana en la que, con 18 años, salimos a comernos el mundo, a disfrutar y a vivir la vida.
Y es que el viaje a Italia no fue el viaje en sí, sino el concepto. El hecho de estar todos juntos, de ser la última vez. Nuestras risas, nuestras fotos, nuestros más, y nuestros menos. Pero el viaje a Italia será siempre para nosotros algo inolvidable e irrepetible. Con frecuencia nos pasará (como me está pasando a mí ahora), que empezaremos a idealizar el viaje. Sin duda, cuanto más tiempo pase, mejor nos parecerá. Al terminar el viaje, a muchos nos parecía imposible que pudiera ser mejor, y dudamos de que lo fuera a ser.

Sin embargo, yo sé que es posible. Y está claro el porqué. 

Como dije en el discurso de la Graduación, sé que no echaré de menos levantarnos tan pronto por la mañana. No echaré de menos dormir una media de tres horas diarias; no echaré de menos el precio de las botellas de agua. No echaré de menos esa tensión con los profesores (de la que yo nunca fui partícipe, dicho sea de paso) ni la tensión entre nosotros. No. 
Sé que con el tiempo (y no hará falta mucho), eso caerá en el olvido. 

Lo que echaré de menos es tener 18 años y pasar una semana en Italia con mis amigos, los de toda la vida. Echaré de menos, sí, el hecho de hablar de unos y de otros (sin mala fe) pero pasando grandes momentos. Echaré de menos que nos den miedo los camareros, y que tengamos que comer lo que ellos quieran. Echaré de menos los karaokes, los paseos por la noche por Roma y las canciones en el autobús. 

Echaré de menos Italia. 


Porque volveremos, claro que sí. Pero como nunca podremos repetir nuestro viaje de fin de curso, nuestra semana, nuestra Italia, recordémoslo como se merece.

Brindemos por el viaje a Italia, por nosotros. 


"Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas. Pasaremos de la mafia, nos bañaremos en la playa..."

martes, 31 de enero de 2012

El principio del porqué de esta locura...


Ser médico. ¿Por qué quieres ser médico? Siempre me han hecho esa pregunta desde que, recién cumplidos los cinco años se me ocurrió, inocentemente, que quería ser médico. Entonces no sabía dar una respuesta clara, era más bien una inconsciente seguridad de que iba a serlo y ya, propiciado por la lejanía del momento de decidir.
Sin embargo, conforme se acercaba el momento no solo los demás seguían haciéndome esa pregunta, sino que también me la planteaba yo misma. ¿Por qué quería ser médico?
En realidad, creo que nunca he sabido responder con certeza. Al margen del típico “no me veo haciendo otra cosa”, es evidente que he elegido esta carrera porque me gusta ayudar a la gente, y qué mejor manera de hacerlo que dedicando tu vida a los demás.
Ser médico te permite hacer más fácil la vida de las personas. Si eres un médico de los del día a día, haces un seguimiento del paciente, le conoces como persona y de esa forma consigues que su calidad de vida mejore considerablemente. No hay que olvidar a los grandes médicos que hacen operaciones y diagnósticos luchando contra el tiempo y la enfermedad y que logran devolverle la esperanza a una familia o permitir que una persona cumpla sus sueños.
Esos son los motivos por los que quiero ser médico.
Esta carrera es muy difícil y a mí me gustan los retos, por lo que en realidad aspiro a descubrir por qué quiero ser médico mientras estudio, encontrando un sentido a mi esfuerzo.

Dado que en mi familia (y en general a mi alrededor, exceptuando algunos padres de amigos) no hay nadie que se dedique a esto, la pregunta de “qué es ser médico” para mí se la dejo a los grandes de la Medicina de otros tiempos. Creo que el que mejor define el hecho de “ser médico” es Gregorio Marañón. Elegir sus palabras para contestar a esta pregunta no es para no hacer el esfuerzo de contestarla yo. Evidentemente hay numerosas opiniones (tantas como personas) que me permitirían expresar lo que se pide. Sin embargo, creo que la respuesta más completa que se puede dar es, como ya he dicho, un conocido texto de Gregorio Marañón:

Si ser médico es entregar la vida a la misión elegida.
Si ser médico es no cansarse nunca de estudiar y tener todos los días la humildad de aprender la nueva lección de cada día.
Si ser médico es hacer de la ambición, nobleza; del interés, generosidad, del tiempo, destiempo; y de la ciencia, servicio al hombre, que es el hijo de Dios.
Si ser médico es amor, infinito amor, a nuestro semejante...
Entonces ser médico es la divina ilusión de que el dolor sea goce; la enfermedad, salud; y la muerte, vida.”

Queda todavía mucho tiempo para ejercer de médico, y por tanto, al igual que aquel “¿qué quieres ser de mayor?” cuando tenía cinco años, la pregunta de “qué espero de la profesión” parece lejana. Sin embargo, creo que ahora tengo algo más de criterio que a los cinco años y que por tanto, puedo contestar a esta pregunta, aunque sea a medias.
Principalmente, elegir una profesión u otra viene dado por dónde crees que serás más feliz. Yo espero que ejercer de médico me haga feliz. ¿Por qué?
Porque lo que espero es que todo lo que estoy estudiando ahora y lo que estudiaré en el futuro (que no es poco), me sirva para descubrir la cura de enfermedades que ahora acaban con la vida de muchas personas.
Porque espero que gracias a mis conocimientos, mucha gente pueda seguir viviendo, que no tenga que depender de otras personas y en definitiva, espero aliviar un poco el sufrimiento del mundo.


Porque qué mejor manera de acabar un día de trabajo, que sabiendo que has hecho que una persona haya vuelto a sonreír.

miércoles, 18 de enero de 2012

Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

Miércoles por la tarde. No había hecho más que llegar a casa cuando se encontró con un camaleón rosa chicle subiendo por la fachada de una réplica del Empire State en color verde pistacho, en escala 1:100.
Pensó que lo que le vendría bien sería escuchar una divertida canción de algún grupo étnico con toque flamenco que cantase en un idioma que ninguno de los cinco de los tres que estábamos allí supiera interpretar. Qué bonito el cielo amarillo con esas baldosas sueltas que se llenan de agua cuando llueve y salpican a los transeúntes. Qué interesante cuando el tren va lleno de señores con claveles rojos en la solapa.

Locura lo llaman, ¿quién sabe? Echó a correr sin mirar hacia delante, ¿para qué? Mientras tanto, unos dibujos animados diseñados por ordenador bailaban una extraña danza regional y el díscolo camaleón, que ahora se había transformado en una bonita zarigüeya de color gris cielo (de Pekín) le estaba empapelando la habitación con un eléctrico adhesivo de color naranja. Cuando lo tocó para admirarlo más de cerca, le dio calambre. ¡Cierto, era eléctrico! Le convenció. Le gustan las cosas que cumplen su función.

Se bañó en la playa, pensando en el por qué de los barcos, con su atronadora sirena y sus apasionantes sirenas bajo su casco, que no se lo ponía un soldado desde los días de fiesta tras la II Guerra Mundial. Que hay que arriesgar, dicen algunos, y como el que no arriesga no gana, cuidado a ver si vas a perder. Mientras, una cohorte de damiselas venidas a menos tomaban gin-tonics sentadas en la bombilla incandescente de aquel lugar oscuro. Un coche amarillo en una esquina. Los bomberos le ponen una multa por no haber rellenado el formulario sobre barajas de cartas con la cara del Rey en el reverso.

Jugándose los ahorros en un casino quiso de repente anudarse una bufanda de cuadros al cuello, no fuera a coger frío en pleno agosto. Ondea la bandera. Una persiana se sube, mientras el gato cierra las cortinas, que no le vean hacer esculturas en el salón.

Qué importan los sinsentidos si no existen en realidad. Es una absurda correlación de hechos inexplicables. 

Según para quién.